viernes, 20 de noviembre de 2015

Varar, vagar, variar

El manto de la noche cayó sobre nuestras cabezas y los lobos comenzaron a aullar, justo en el instante que nos dejamos de mover.

No había forma de llegar a nuestro destino, el vehículo estaba averiado y las herramientas necesarias para salvar el problema no habían sido de vital importancia para nuestro conductor.

Eramos tres, Dios salve si el número fuera menor, hay en la historia de la humanidad cruentas cicatrices de lo que ha sucedido entre dos hombres a los que embarga la desgracia en soledad, la muerte está garantizada. Pero entre tres, ese número nos da un ancla de civilidad, nos permite recordar que somos seres racionales y pone a dormir el instinto animal que de otra manera nos lleva a asesinarnos y darnos un festín de la carne de quién fuera nuestro compañero, amigo, hermano.

Permite, aunque no compromete, a trabajar en equipo, en este caso en particular, provoca que no nos pongamos en camino del responsable y le permitamos obtener una solución con base en sus capacidades.

Esto podría parecer un error, ya que le lleva bastante tiempo poner en acción su plan, pero no molesta, ya que yo tengo mi pluma y papel, mientras el tercero dedica su tiempo a juzgar en silencio y brindar recomendaciones, advertencias incluso al responsable, para pasar el tiempo y no dejarse llevar por la frustración.

Tiempo después, mientras el plan se pone en acción, han pasado un par de horas desde el incidente y los lobos no han dejado de aullar, se hace notar que no hemos tenido alimento en horas y que nuestros planes se han frustrado vilmente.

La frustración crece de la misma forma que se sospecha que el plan de acción (reparar temporalmente nuestro transporte) será infructifero y el tiempo perdido se ira acumulando.

La idea de pasar más tiempo varados en la oscuridad, hiela nuestra sangre y endurece nuestros corazones y la actitud de conciliación del responsable, dónde fuera tranquilizante y bien recibida es ahora molesta, infuriante incluso.

Se menciona en voces apagadas y gestos la intención final, decidida, no podemos tolerarlo por más tiempo, no es cómo si fuésemos almas cargadas de violencia, ni de naturaleza cruenta, son los aullidos... Esos aullidos que nos advierten que debemos salir de aquí ahora o no saldremos nunca; es esa complicidad de querer castigar al responsable para aliviar nuestrar frustraciones y miedos, es consecuencia de no haber trabajado en equipo con él y mantenerse a un lado.

De ser tres humanos, conscientes, racionales, dignos, en apuros, nos dividimos en dos grupos, inocentes y culpable, y cómo en cualquier sociedad, los inocentes desprecían la compañía del culpable, lo quieren ver pagar.

El crimen no importa, tanto así que no existen mitigantes, sólo la idea de hacer justicia prevalece y la justicia, la justicia real, sólo se logra con sangre.

Pero cuando los pensamientos se vuelven decisiones y las decisiones están a punto de volverse acciones... Una luz se divisa en el horizonte, una luz que nos regresa a la civilidad, que nos averguenza de nuestros pensamientos y los disipa en el viento, la luz se vuelve nuestra esperanza, la civilización llega a nosotros.

El hombre que se acerca está igualmente feliz de cruzar camino con nosotros, a pesar de ir en direcciones contrarias, pero su mente igualmente ha divagado en pensamientos oscuros y el tiempo que pasamos juntos, aunque exiguo nos vuelve humanos otra vez y después de reparar nuestro vehículo nos despedimos en la oscuridad y cada quién retoma su curso, extrañamente no escuchamos ningún lobo al marchar, ni lo hicimos toda la noche.