"Uno no debería poder escribir cuando está ebrio…" escribió
Harry sobre la hoja en blanco, al tope, extrema izquierda, sentía la necesidad
de poder voltear a esa parte de la hoja y ser recordado por si mismo que lo que
estaba haciendo era inadecuado y fuera de proporciones.
Su escrito debía ser entregado la mañana siguiente y no
había hecho nada de valor, se encontraba en una crisis, la única fuente de dinero
que tenía era la revista, pero se sentía rebasado.
La primera vez que escribió para la revista había sido para
quejarse por una cita mal utilizada mientras la leía una y otra vez de forma
obsesiva en su departamento, ebrio y mal humorado, su carta se había convertido
en una queja sin cesar, al final del día había recortado toda la queja y había
dejado un comentario editorial sobre el manejo de la información en la revista.
Fue publicado y se le entregó una columna de opinión para que hiciera lo que
quisiera.
Harry odiaba la revista, sobre todo porque la había firmado
sin pensar… Harry… que nombre tan ridículo era ese para un hombre moreno, mexicano
y que no hablaba inglés más que cuando estaba borracho, o al menos el creía que
eso era inglés.
Sus publicaciones fueron creciendo, una tras otra vez
entregaba un documento que esperaba fuera rechazado, pero a pesar de tener
cientos de comentarios de los editores, su columna se publicaba, a veces
parafraseando las miles de maldiciones que no quería, ni podía contener en sus
textos, pero estaban ahí.
Eso no le molestaba a Harry, las maldiciones eran para los
editores, trabajo extra, el escribía limpiamente, a pesar de ser tan mal hablado,
pero le divertía escribir maldiciones que otros debían interpretar y reemplazar
por palabras comunes, después de un tiempo Harry se encontró a si mismo
inventando nuevas maldiciones solo para poder tenerlas a mano y ver como los
editores se rompían la cabeza para reemplazarlas.
Pero Harry se volvió uno de ellos, aún sin querer, Harry escribía
semana a semana una nota para la revista, semana, a semana esa nota era
publicada y a Harry le llegaba un cheque.
Al principio no quiso cobrarlos, creía que era un robo,
además aún tenía dinero de su primer novela, pero después se convirtió en una necesidad,
todas las semanas escribía, todas las semanas recibía un cheque.
Hasta ahora, Harry tiene la hoja blanca frente a si, tan
blanca que lo ciega, puede ver en su antigua máquina de escribir el color
blanco penetrando sus ojos, pero esa línea negra, esa pequeña línea negra en la
hoja le da comfort, sabe que si puede llenar la página de líneas negras tendrá
dinero, pero ya no sabe que escribir, no puede escribir en serio, eso no lo
publicaría nadie, necesita basura, pero se le ha terminado, ha vivido entre
basura tanto tiempo que ya dejó de ser una novedad, ya no hay más que decir.
Harry mira la página en blanco sin saber que hacer… lee y
relee la única frase escrita en lo alto de la página… cierra los ojos, las
lágrimas escapan por sus lagrimales y viajan hasta descender a su camisa,
respira profundo y empieza a redactar, una carta al editor pidiendo que jamás
lo dejen escribir ebrio de nuevo.
El editor piensa que es una sátira, Harry recibe un premio,
lo usa para sofocarse y a la mañana siguiente lo encuentran con alcohol y cocaína
en la sangre, la suficiente para distribuir en un barrio bajo durante las
fiestas, el premio escondido en su garganta mientras el deseaba consumirlo como
había consumido todo el dinero que le regalaba su revista, un fotógrafo toma la
foto de Harry y lo hace un héroe.
A todos les gustan las tragedias, los chicos cincuenta años
después desean morir como Harry, el escritor de columnas de opinión.