martes, 11 de diciembre de 2018

Ebrio


"Uno no debería poder escribir cuando está ebrio…" escribió Harry sobre la hoja en blanco, al tope, extrema izquierda, sentía la necesidad de poder voltear a esa parte de la hoja y ser recordado por si mismo que lo que estaba haciendo era inadecuado y fuera de proporciones.

Su escrito debía ser entregado la mañana siguiente y no había hecho nada de valor, se encontraba en una crisis, la única fuente de dinero que tenía era la revista, pero se sentía rebasado.

La primera vez que escribió para la revista había sido para quejarse por una cita mal utilizada mientras la leía una y otra vez de forma obsesiva en su departamento, ebrio y mal humorado, su carta se había convertido en una queja sin cesar, al final del día había recortado toda la queja y había dejado un comentario editorial sobre el manejo de la información en la revista. Fue publicado y se le entregó una columna de opinión para que hiciera lo que quisiera.

Harry odiaba la revista, sobre todo porque la había firmado sin pensar… Harry… que nombre tan ridículo era ese para un hombre moreno, mexicano y que no hablaba inglés más que cuando estaba borracho, o al menos el creía que eso era inglés.

Sus publicaciones fueron creciendo, una tras otra vez entregaba un documento que esperaba fuera rechazado, pero a pesar de tener cientos de comentarios de los editores, su columna se publicaba, a veces parafraseando las miles de maldiciones que no quería, ni podía contener en sus textos, pero estaban ahí.

Eso no le molestaba a Harry, las maldiciones eran para los editores, trabajo extra, el escribía limpiamente, a pesar de ser tan mal hablado, pero le divertía escribir maldiciones que otros debían interpretar y reemplazar por palabras comunes, después de un tiempo Harry se encontró a si mismo inventando nuevas maldiciones solo para poder tenerlas a mano y ver como los editores se rompían la cabeza para reemplazarlas.

Pero Harry se volvió uno de ellos, aún sin querer, Harry escribía semana a semana una nota para la revista, semana, a semana esa nota era publicada y a Harry le llegaba un cheque.

Al principio no quiso cobrarlos, creía que era un robo, además aún tenía dinero de su primer novela, pero después se convirtió en una necesidad, todas las semanas escribía, todas las semanas recibía un cheque.

Hasta ahora, Harry tiene la hoja blanca frente a si, tan blanca que lo ciega, puede ver en su antigua máquina de escribir el color blanco penetrando sus ojos, pero esa línea negra, esa pequeña línea negra en la hoja le da comfort, sabe que si puede llenar la página de líneas negras tendrá dinero, pero ya no sabe que escribir, no puede escribir en serio, eso no lo publicaría nadie, necesita basura, pero se le ha terminado, ha vivido entre basura tanto tiempo que ya dejó de ser una novedad, ya no hay más que decir.

Harry mira la página en blanco sin saber que hacer… lee y relee la única frase escrita en lo alto de la página… cierra los ojos, las lágrimas escapan por sus lagrimales y viajan hasta descender a su camisa, respira profundo y empieza a redactar, una carta al editor pidiendo que jamás lo dejen escribir ebrio de nuevo.

El editor piensa que es una sátira, Harry recibe un premio, lo usa para sofocarse y a la mañana siguiente lo encuentran con alcohol y cocaína en la sangre, la suficiente para distribuir en un barrio bajo durante las fiestas, el premio escondido en su garganta mientras el deseaba consumirlo como había consumido todo el dinero que le regalaba su revista, un fotógrafo toma la foto de Harry y lo hace un héroe.

A todos les gustan las tragedias, los chicos cincuenta años después desean morir como Harry, el escritor de columnas de opinión.

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