martes, 1 de diciembre de 2015

Al grano el de grano.

Me sirvo la cuarta taza de café de la noche,  incluso volteo a ver a la coqueta azúcar que quiere me la eche a la boca en un gesto obsceno que me hace babear,  pero aún así tomo la decisión prudente, beberlo negro.

No porque me importe,  al fin y al cabo estoy bebiendo un soluble que sabe a lo que suponen que debería saber el café unos adolescentes a los que les retiraron quirúrgicamente  las papilas gustativas y honestamente el sentido del olfato por igual.

Pero eso no importa, hoy no me interesa ese beso amargo con notas de la tierra en que se vio nacer, que me arrastra a los cielos y me hace aullar en su cálida intensidad mientras sonrío en mi interior en complicidad.

Hoy sólo quiero el impulso eléctrico de la cafeína, sentir la bebida caliente deslizarse hacia abajo mientras la 3er ley de Newton saca disparada una fuerza de igual magnitud pero de sentido contrario,  hacia mi cerebro, una descarga de vitalidad que me hace levantarme y no caer en picada a un sueño absoluto, a una pérdida del sentido eterna.

Así que bebo mi "café" pero descarto el ponerle azúcar, porque al fin y al cabo, no soy tan animal.

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