La hoja blanca frente a ti, no hay mayor emoción, mayor temor, mayor reto, una hoja blanca, impoluta, estéril en apariencia, está ahí… Esperando ser llenada, con palabras, con dibujos, no importa.
La hoja blanca no tiene un sentido, puede quedarse así por siempre, pero te perturba, tan blanca, tan limpia, pones tu mano por encima de ella, sin tocarla y todas las imperfecciones de ella salen a la luz contra la pureza de esa hoja blanca y te estremeces.
Volteas a ver tu cuerpo, tu ropa, llena de colores, un tejido complejo, líneas y puntos en tu piel, marcas imborrables y de pronto te sientes viejo, arrugado y demacrado, en comparación a aquella hoja de papel, lisa, blanca, inocente.
Tus pecados y crímenes pasan por tu mente, sí, crímenes, pues en comparación con la hoja frente a ti, todo lo que has hecho, todo lo que has pensado es detestable, es terrorífico, es asqueroso.
Miras la pluma descansando a un lado de la hoja y por primera vez aparece aquel devastador impulso, tomar la pluma y trazar una línea sobre el papel, pero de que serviría, sólo sería un crimen más, una línea trazada sin sentido sólo para ponerle fin a la blancura de la hoja.
Puedes arrugar la hoja, cortarla, pero seguiría siendo blanca como la leche… No, la leche tiene cuerpo, tiene sentido, el blanco de la hoja es antinatural, o tal vez… Tal vez no.
Puedes quemar la hoja, puedes tirarla lejos, puedes levantarte de tu lugar y alejarte de ella, paso a paso, sin mirar atrás nunca más, pero ya has visto esa hoja, has visto esa pureza y sin importar a donde voltees, sin importar en que estés pensando, siempre aparecerá en tu memoria el recuerdo de aquel recuadro blanco, tan blanco…
Tomas la pluma entre tus manos y la haces girar lentamente, la tentación crece, pero sabes que el crimen sería horrendo, trazar una línea blanca sobre la hoja, estar tan asqueado de ti mismo, tenerle tanta envidia a la hoja para estar dispuesto a mancharla sólo para hacerte sentir mejor.
Miras alrededor para asegurarte que nadie te está viendo y el corazón late dentro de tu cabeza, los pequeños ruidos de ambiente se hacen cada vez más fuertes, mientras los bongoes resuenan en tu cabeza y poco a poco empiezan a llenarla, hasta que no puedes escuchar nada más.
Te levantas e intentas gritar… No, gritas pero los tambores suenan más fuerte aún y acallan tu grito, cuando la nota llega lo más alto, alcanzas a escuchar tu voz, sólo un murmullo entre los tambores, pero es tan familiar que la reconoces de inmediato, esa voz cargada de matices y miras la hoja una vez más, simple, clara, tan blanca y debes contener las arcadas de asco ante tu propia voz.
Sales corriendo sin llegar muy lejos y fumas un cigarrillo en la acera, moviendo la pierna de arriba abajo en un vano intento por distraerte, por engañarte con actividad, algo que te distraiga de lo que habita en tu mente, la hoja.
Millones de pensamientos cruzan tu mente, no sabes que harás cuando regreses, pero debes hacerlo ya, no puedes dejar de pensar en ella y tampoco puedes abandonar tu hogar por una hoja, eso es de locos, estabas exagerando, seguramente cuando regreses y veas la hoja ya no tendrá importancia y podrás continuar con tu vida, sin importar que esa hoja siga ahí, tan limpia.
Regresas y pretendes ignorar la mesa, seguir de frente a tu habitación y encender el televisor, pero algo de pronto te hace voltear, la hoja ha desaparecido, tu corazón se siente extrañamente aliviado y decides seguir avanzando ya más tranquilo, pero el corazón es necio, el corazón necesita pruebas, así que caminas hacia la mesa y ahí está.
El pecho te da un vuelco y tu cabeza da vueltas, no puedes entenderlo, hasta hace un segundo la hoja ya no estaba ahí, sin darte cuenta cómo, ni cuando, estás sentado frente a ella una vez más, quieres gritar, preguntarle por qué está ahí, por qué te tortura, pero no lo haces, sabes que las hojas no hablan y no quieres pasar un ridículo, no frente a la hoja…
La pluma sigue ahí, destapada, no recuerdas haber llegado a hacerlo, pero eso no importa, tomas la pluma una vez más y pareciera que sostienes un arma, la hoja de pronto se vuelve un enemigo más, pero eso es imposible, la hoja es tan blanca… No puede tener malas intenciones, la hoja no oculta nada.
Con delicadeza la levantas para darte cuenta que en verdad no oculta nada bajo ella, es blanca, es lo que es y nada más; la sueltas con repulsión y miras tus dedos, siguen igual, la hoja no puede desaparecer ese color, esas líneas, entrelazas tus manos y acaricias tus dedos, mientras te das cuenta de todo lo que tú escondes, no solamente en tu alma, sino también bajo la piel; miras la hoja con temor, pero el contacto no la ha llegado a manchar, la hoja sigue tan blanca, tan blanca…
Tomas la pluma entre tus manos...
Un punto negro cae sobre la hoja, quien la absorbe de inmediato, tu respiración se paraliza, dejas de parpadear, el tiempo se ralentiza, puedes ver el punto negro crecer, expandirse. Y a la hoja blanca absorbiéndolo con el deseo de quien está vacío.
Una lágrima se asoma al exterior, la mano tiembla incontrolable, el deseo de arrebatarle su pureza a la hoja crece, si ya tiene una mancha negra…
Entonces con el pretexto de ya haberla dañado, encuentras la valentía que te faltaba y cruzas la hoja de lado a lado con con una línea; sin quererlo sueltas la pluma y apartas los ojos, mirando alrededor por si acaso alguien te ha visto cometer aquella injuria, pero no hay nadie ahí, sólo tú y una hoja blanca, tan blanca, a travesada por una línea negra y con un punto en una esquina, pero aún tan blanca, aún tan vacía…
Te levantas sobre la hoja para mirar tu obra y el peso de tu pecho cae al estómago, vuelves a sentirte enfermo por lo que has hecho, pero ahora sabes que no puedes echarte para atrás, te agachas a recoger la herramienta de tu salvajismo, la pluma, y vuelves a tomar asiento.
Quieres seguir, pero no sabes cómo, tal vez no seas tan villano después de todo, tal vez llegaste hasta donde podías llegar, pero la hoja sigue siendo tan blanca, incluso puedes verla sonreír, puedes escucharla pedirte que sigas, pero no sabes como y eso te enfurece. Empuñando la pluma una vez más, trazas tu nombre junto al punto, en la esquina superior, jugando con la idea de hacerla tuya, pero la hoja absorbe la tinta y desdibuja las letras, las modifica, las tergiversa. Tu nombre se desvanece para darle lugar a algo extraño que no alcanzas a leer.
El pecho se te inflama de furia y dejas caer la pluma una y otra y otra vez, cada vez con más fuerza, cada vez con más velocidad, las lágrimas caen de tu rostro hacia la hoja y el esfuerzo de sostener tu arma mientras arremetes contra ella llena tus dedos de pústulas que se revientan dejando caer sangre sobre la hoja.
Tiempo después, mucho tiempo después, logras entrar en razón, está hecho un desastre, pero no todo, sólo la hoja, la hoja ya no es blanca y te cuesta trabajo creer que alguna vez lo fue, llena de líneas y puntos negros que bailan y se revuelven por toda su extensión, manchas de lágrimas, de sangre, incluso de saliva salpicadas a todo lo largo y ancho de la hoja.
Te levantas una vez más para ver lo que has hecho, luego volteas alrededor, todo está bien, comparado con la hoja, lo que hay alrededor está bien, es bueno, no es blanco, ni impoluto, pero al menos no está tan corrupto como la hoja, sonríes para ti mismo con tranquilidad, la hoja está llena.
Eso, es escribir.
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