El mundo se llena de voces y despierto de
golpe, voces extrañamente familiares que hablan entre ellos sin percatarse de
mi presencia, la gata que ha hecho costumbre meterse a hurtadillas a mi
habitación para dormir conmigo se levanta de golpe y sale corriendo, espantada.
Me siento y miro alrededor, intentando enfocar, queriendo determinar de dónde
vienen las voces, después de unos segundos comienza a desaparecer la niebla de
mi mente e identifico el noticiero de la mañana sonando a todo volumen del estéreo
que llevo usando de despertador desde hace unos días, todos ellos nos ha
espantado a mí y a la gata.
Me levanto en dirección a la cocina y me
preparo un café, mientras la gata maúlla entre mis piernas y se restriega
llamando mi atención, también ha tomado por costumbre pedirme comida y yo he
colocado un bote con croquetas junto a la cafetera, le sirvo de desayunar
mientras le rasco detrás de las orejas, mi café está listo. A partir del primer
sorbo mis acciones se aceleran y sólo veo fragmentos, la regadera, el cepillo
de dientes, las agujetas de los zapatos, las llaves de la casa y de pronto
estoy en la calle.
Camino en dirección al transporte
público, suplicando irónicamente a aquellos dioses imaginarios que no haya
demasiado tráfico, doblo la esquina y mi nariz lo ve antes que mis ojos.
UN GATO MUERTO.
El olor dulzón de la carne empezando a
corromperse inunda mi cavidad nasal y me marea, puedo ver la herida en su
abdomen, ¿Causa de muerte o post mortem? Difícil saberlo, pero está sobre la
banqueta, seguramente ahí murió, pobrecillo. El gato se queda en mi mente
varios minutos durante mi viaje y luego me olvido de él.
Una vez más, estéreo, gata, comida, café,
baño, dientes, zapatos, llaves, calle, esquina… El gato sigue ahí, el olor se
ha intensificado, las moscas lo rondan como deudos, sus zumbidos como quejidos
fúnebres, al pasar, los dolientes se agarran a mis ropas y mi carne, clamando
piedad, rogando por funerales para los restos del muerto, pero yo llevo prisa,
sigo mi camino, agitando los brazos para librarme de su agarre, en su
desesperación uno de ellos me ha dejado una roncha en el brazo, por lo bajo los
maldigo a todos y sigo mi camino, rápidamente olvido el perturbador velorio,
pero la roncha se ha vuelto un recordatorio irritante que al poco rasco de
forma mecánica.
Estéreo, gata, comida, café, baño,
dientes, zapatos, llaves, calle, esquina… El olor me marea y anega mis ojos,
pero no veo al gato, hasta que paso mi brazo por el rostro para secarlo y está
ahí, cubierto de cal pero libre de moscas
El gato sigue ahí, muerto, rígido, la
cabeza casi desaparece, pues la podredumbre ha hecho que colapse sobre sí
misma, desfigurando los rasgos y haciendo que parezca plano completamente, el
olor sigue ahí penetrante, me enfermé hace unos días, sin saber que lo había
provocado, probablemente fueron los humos putrefactos, que se desprenden del
gato, probablemente haya sido el roce de la muerte que custodia su cuerpo
esperando que le den entierro.
Me preguntó quién le habrá echado cal
encima, porque si se tomó la molestia de echarle cal, no retiró el cadáver… ¿Se
le llama cadáver a los animales también? ¿Por qué no habló a la delegación para
que se lo lleven? Voy a tener que hacerlo yo.
Estéreo, gata, comida, café, baño,
dientes, zapatos, llaves, calle, esquina… Antes de verlo, recuerdo que está ahí
y bajo de la banqueta para evitarlo, pero puedo olerlo, muy suave ya que estoy
alejado, nadie ha llamado aún para que se lo lleven, esto es ridículo, iba a
hacerlo yo, pero me olvidé, debo recordarlo.
Estéreo, gata… La gata no está conmigo,
no hay ronroneo insistente, la llamo, no responde, mi café comienza a
enfriarse, le sirvo el desayuno por si aparece más tarde con hambre, mi café
está frío, lo pongo a un lado, a falta de café mis acciones desaceleran, el
agua de la regadera está fría pues olvidé encender el calentador, la pasta de
dientes se cae del cepillo y termino tallándolos en seco, las agujetas de un
zapato se rompe y escondo la otra bajo la lengüeta esperando no matarme en el
camino, estoy en la calle y me doy cuenta que he olvidado las llaves de la
casa… Es demasiado tarde para hacer nada, así que camino por la calle, doblo la
esquina y piso al gato muerto.
Una masa chiclosa se escurre fuera del
cuerpo, los últimos jugos viscosos que quedaban dentro de él, la peste aumenta,
las moscas entran en frenesí al detectar el aroma de la mierda y la sangre y
rezumban a mí alrededor, mis brazos se llenan de pústulas y verdugones por las
mordidas enloquecidas de las moscas. Me acuerdo de la gata que se duerme
conmigo, la gata con su bote de croquetas junto a la cafetera, la gata que
maúlla y se retuerce entre mis piernas…
Estéreo… Me levanto y busco a la gata,
sigue sin aparecer, llego a la cocina y mientras se prepara el café la llamo,
voy a buscar la comida y la encuentro intacta, no ha venido a comer, mientras
tomo mi café me pregunto dónde puede estar, hasta que el olor a sangre me saca
del estupor, alarmado, me doy cuenta que me he estado rascando los brazos hasta
abrir un par de ronchas que ahora resuman sangre, maldigo por lo bajo y dejo el
café sin terminar, me meto a bañar y limpio mis brazos con alcohol, me pongo
una bandita en cada una de ellas y noto que es tarde, me salgo sin lavarme los
dientes y vuelvo a dejar la puerta abierta.
No puedo dejar de maldecir a aquella gata
que se ha llevado mi tranquilidad, pensando también en aquel gato muerto que
lleva una semana pudriéndose a la vuelta de la esquina, tal vez ese gato tenía
un amigo, tal vez dormía con alguien y al despertar lo acompañaba a la cocina
para pedir croquetas, tal vez maullaba, ronroneaba y se restregaba en sus
piernas, tal vez él lleva una semana sin lavarse los dientes y con las agujetas
rotas, mientras ese gato sigue ahí, pudriéndose y nadie ha hecho nada para
llevárselo o darle un entierro digno.
Las pesadillas me despiertan mucho antes
que el estéreo y aun así dejo el café casi lleno y me salgo sin bañar, sin
lavarme los dientes, con la agujeta del otro zapato rota, llego a la esquina y
veo que están arreglando la calle, seguramente ya se llevaron al gato, hay un
trabajador acomodando unas cosas junto al gato muerto, parece no verlo, aunque
claramente puedo verlo alejarse lo más pronto posible de la peste, apenas
mirando al gato muerto, las moscas han regresado una vez más, para acabar con
el botín, una capa de piel delgada que desprende pelo cuando la toca el viento
y un olor a podredumbre que se ha asentado en la piedra, suelto una lágrima
solitaria, mi gata está muerta en la calle y nadie ha llamado para que se la
lleven, nadie se ha molestado en enterrarla.